Un planteamiento de la bancada de Arena buscó poner en pausa, por un trimestre, el cobro del IVA a las gasolinas y el diésel para aliviar el bolsillo de los hogares. La moción llegó al pleno con carácter de urgencia, pero apenas sumó unos pocos respaldos y no prosperó.
Marco de la propuesta y metas expuestas
La diputada Marcela Villatoro presentó ante el pleno legislativo una solicitud de dispensa de trámites con un propósito puntual: suspender por tres meses el Impuesto a la Transferencia de Bienes Muebles y a la Prestación de Servicios aplicado a los combustibles. Según detalló, la medida busca amortiguar el efecto de los recientes aumentos en las estaciones de servicio y limitar, en lo posible, los impactos de segunda ronda sobre el costo de vida, en especial en los alimentos esenciales y en los servicios que dependen del transporte. En síntesis, la propuesta pretende ofrecer un alivio inmediato y perceptible, utilizando la política fiscal como herramienta para mitigar presiones externas.
Para fundamentar el planteamiento, se recordó que en marzo de 2022 se aprobaron dos decretos transitorios con un enfoque similar: mitigar de forma rápida la escalada de precios en los combustibles y, con ello, evitar un deterioro mayor en el poder adquisitivo de los hogares. En esa línea, la suspensión temporal del IVA se concibe como una palanca ya probada en momentos de tensión, con la expectativa de estabilizar los precios de referencia al menos por un trimestre.
Proceso legislativo y equilibrio de poder
La ruta procesal escogida fue la dispensa de trámites, un mecanismo que permite acelerar la discusión y votación de una iniciativa cuando se alega urgencia. Sin embargo, el intento de impresión de velocidad no encontró eco suficiente en el resto de grupos parlamentarios. La solicitud recogió únicamente tres votos favorables —dos provenientes de Arena y uno del partido Vamos—, un número claramente insuficiente para habilitar el debate inmediato y, menos aún, para aprobar una modificación fiscal de ese calibre.
Este resultado deja ver una correlación de fuerzas poco favorable para el planteamiento, al menos en el corto plazo. La oposición mayoritaria podría estar valorando aspectos como el costo fiscal, la efectividad de la medida en trasladarse a precios finales o la preferencia por instrumentos alternativos de política pública. La discusión, por lo tanto, no parece cerrada en términos de ideas, pero sí encuentra un freno político a la hora de materializarse en ley.
Motivaciones económicas: precios en la bomba y costo de vida
El repunte que impulsa la propuesta surge del comportamiento reciente de los combustibles. En poco menos de mes y medio, los precios habrían registrado un incremento aproximado de $0.84 por galón, una variación que, aunque luzca moderada en términos absolutos, impacta con fuerza en presupuestos estrechos y en procesos productivos dependientes del transporte. Como los combustibles actúan como un insumo generalizado en la economía —permiten movilizar mercancías, garantizan el traslado de pasajeros y operan maquinaria—, aumentos sostenidos terminan elevando el costo de una amplia variedad de bienes y servicios.
Arena ancla su argumento en esa realidad cotidiana: si el precio del combustible sube de manera acelerada por factores exógenos, una reducción temporal de impuestos indirectos puede amortiguar el golpe y evitar que se consolide una inercia inflacionaria. Desde esa óptica, tres meses de respiro permitirían aliviar presiones mientras se aclaran las condiciones del mercado internacional y se evalúan medidas complementarias más focalizadas.
Choques externos y el papel del estrecho de Ormuz
La dinámica global agrega un componente de complejidad. Los episodios de tensión en Medio Oriente, cuyo punto de inflexión más reciente se sitúa a finales de febrero de 2026, han reavivado la percepción de riesgo en un corredor estratégico: el estrecho de Ormuz. Por ese paso marítimo circula una fracción sustancial del crudo y del gas licuado que abastece a los mercados internacionales, de modo que cualquier interrupción o amenaza de bloqueo tiende a trasladarse a primas de riesgo y volatilidad en los precios. En un contexto así, países importadores netos enfrentan un dilema entre absorber transitoriamente parte del shock —vía renuncias fiscales o subsidios focalizados— o dejar que los precios despejen el mercado con el consiguiente costo social.
La propuesta de eliminar temporalmente el IVA se integra en la primera categoría de respuestas, pues reconoce que el fenómeno proviene del exterior y plantea un resguardo transitorio para suavizar su impacto interno. Sin embargo, la discusión aparece al calcular el costo que implica ese resguardo para las cuentas públicas y al evaluar si hay alternativas comparables que ofrezcan una mejor relación entre costos y beneficios.
Alcance y eficacia de suspender el IVA
Un argumento habitual en favor de reducir los impuestos al combustible es su carácter visible: el descuento se nota de inmediato en la gasolinera y ofrece un alivio directo a transportistas, comercios y consumidores. Además, suele moderar la presión sobre los costos de flete y, en consecuencia, sobre los precios de los alimentos y demás bienes de consumo. No obstante, su eficacia queda supeditada a dos factores: que la reducción se refleje por completo y con rapidez en el precio final, y que no quede opacada por nuevos incrementos en la referencia internacional o por depreciaciones de la moneda.
Además, la suspensión del IVA conlleva efectos tributarios, pues cualquier renuncia a ingresos requiere una fuente alternativa de recursos, ya sea mediante reasignaciones, reducciones de gasto o un aumento del endeudamiento. La viabilidad de esta medida, por lo tanto, se evalúa no solo por cómo afecta al consumidor, sino también por su coherencia con la estabilidad de las finanzas públicas. Por ello, ciertos legisladores optan por instrumentos más focalizados, como apoyos temporales al transporte público o a segmentos logísticos clave, que representan un desembolso más previsible y menos regresivo.
Posibles efectos colaterales y salvaguardas
Como toda política de precios, una suspensión impositiva puede generar comportamientos de acaparamiento o adelanto de compras si se percibe que el beneficio es transitorio y que, al finalizar, el precio rebotará. Para minimizar estos efectos, suelen utilizarse cláusulas de vigilancia y coordinación con distribuidores, así como cronogramas de salida que se comuniquen con antelación. La supervisión de la autoridad de competencia y de consumo también es clave para asegurar que el alivio tributario no se quede en la cadena de comercialización, sino que llegue efectivamente al usuario final.
La transparencia constituye otra protección importante: difundir cada semana el detalle del precio —referencia internacional, costos de transporte, márgenes y tributos— permitiría comprobar cómo se aplica la medida y mantener la confianza de la ciudadanía, independientemente de la decisión adoptada.
Alternativas de política y combinación de instrumentos
Aunque el corazón de la iniciativa es fiscal, el menú de respuestas ante un shock de combustibles incluye herramientas complementarias. Entre ellas, cabe mencionar: programas temporales de apoyo al transporte público para contener tarifas; esquemas de estabilización que suavicen picos —como bandas móviles o fondos de compensación—; incentivos de corto plazo para la eficiencia en flotas de carga (mantenimiento preventivo, neumáticos de baja resistencia, rutas optimizadas); y campañas de ahorro energético con metas verificables. Ninguna es una bala de plata, pero la combinación de varias puede repartir mejor los costos y beneficios del ajuste.
Asimismo, en el ámbito regulatorio, podría acelerarse la adopción de medidas que fomenten combustibles alternativos cuando su aplicación sea técnicamente y económicamente factible, sin perder de vista que estas transformaciones requieren tiempo, infraestructura y marcos de inversión estables.
Lectura política del resultado y horizontes de discusión
El respaldo limitado que obtuvo la dispensa de trámites no cierra necesariamente el asunto, aunque sí obliga a replantear la estrategia. Un debate ordinario en comisión abriría espacio para oír a la autoridad fiscal, a los reguladores de energía, a los distribuidores y a las organizaciones de consumidores, respaldados por cifras y proyecciones. Ese proceso más pausado quizá no satisfaga la premura de quienes reclaman un alivio inmediato, pero aumenta la posibilidad de formular una respuesta que combine impacto social y responsabilidad presupuestaria.
Desde el punto de vista comunicacional, el episodio deja dos lecciones. Primero, que existe preocupación transversal por el costo de la vida y el efecto de los combustibles en la inflación de corto plazo. Segundo, que las mayorías legislativas valoran con cautela las medidas de renuncia fiscal cuando no está claro su financiamiento o su eficacia esperada. La conversación, en consecuencia, seguirá abierta, con espacio para ajustes de diseño o para propuestas alternativas.
Qué implicaría para hogares y empresas una reducción temporal
Para una familia que utiliza su automóvil a diario o depende del transporte intermunicipal, una ligera reducción en el precio por litro durante tres meses puede ofrecer un alivio perceptible, especialmente si coincide con periodos de mayor gasto. Para una microempresa de reparto o un pequeño productor agrícola, el impacto conjunto en combustible y fletes puede contribuir a sostener sus márgenes en semanas de fuerte presión. No obstante, es fundamental que el beneficio sea lo bastante significativo y constante como para influir en decisiones concretas —mantener tarifas, evitar ajustes o aplazar incrementos— y que no desaparezca en cuestión de días debido a nueva volatilidad externa.
En el caso de los grandes consumidores, como las flotas de carga, la estabilidad resulta aún más apreciada que una reducción aislada. Por ello, numerosas empresas optan por coberturas o por contratos que incorporan cláusulas de ajuste. Toda política pública que busque influir de manera sostenida en los precios debería tener en cuenta esa dimensión de gestión del riesgo.
Conclusión: una propuesta visible con desafíos de viabilidad
La iniciativa de Arena para suspender por tres meses el IVA a los combustibles apunta a un objetivo legítimo: amortiguar un shock externo que encarece el transporte y presiona el costo de vida. Su atractivo radica en la inmediatez y la facilidad de comprensión para la ciudadanía. No obstante, la viabilidad política demostró ser limitada en la sesión en que se presentó, y subsisten preguntas relevantes sobre el costo fiscal, la focalización del beneficio y la garantía de traslado efectivo a los precios finales.
Si el debate continúa por la vía ordinaria, será deseable que se nutra de cifras claras sobre recaudación potencialmente sacrificada, elasticidades de demanda, mecanismos de supervisión de márgenes y alternativas de compensación presupuestaria. También conviene explorar combinaciones de instrumentos que, sin renunciar a un alivio transitorio, refuercen la protección a los hogares y sectores más expuestos y mantengan la estabilidad macroeconómica. En última instancia, cualquier decisión que se adopte deberá equilibrar la urgencia social de contener precios con la responsabilidad de preservar unas finanzas públicas sanas, en un entorno internacional incierto y proclive a la volatilidad.

